
No es culpa del metal señores, ni de Iron Maiden, ni de la marihuana, ni del alcohol. Es culpa de los idiotas que se creen cada una de las palabras escritas en esas canciones comercialmente tanáticas y diabólicas, que se disfrazan de negro, se den pata y puño en los conciertos.
La música no tiene la culpa de nada. Por más ruidosa, agresiva, malévola o perversa, que nos parezca, es sólo eso, un sonido. Las letras de algunos géneros comerciales o variantes del rock sirven para desfogar los bajos instintos del ser humano; a unos les puede gustar a otros no. El metal en todas sus variantes, el punk, el rap, utilizan mensajes diabólicos o tanáticos o constestarios, para crear una ficción, para diferenciarse de los demás géneros, pero sólo como herramienta para vender camisetas negras, tatuajes, peinados, forjar ídolos y mercadear conciertos y todo el entramado estético que todos sus seguidores siguen como si fueran una religión o una fe. Y en el fondo no es nada. Ellos lo saben. Los productores, los cantantes, la bandas. Pero hay idiotas que se lo creen
Debe haber millones aficionados al metal en el mundo, pero de esos, sólo mil o dos mil son tan idiotas que se creen el cuento de que ser metalero es ser algo y de que para serlo tengo que demostrarlo rompiendo los vidrios de los apartamentos de El Quirinal o de Pablo VI.
Ser metalero, punkero o no se qué mierdas, no es nada y esa nada no da derecho a volver mierda la ciudad. ¿Por qué no vuelven mierda sus casas o simplemente se vuelven mierda ellos solitos, unos contra otros, sin salpicarnos?
La culpa no es de la marihuana, que es una droga que invita al amor, a tocar a soñar, no a destruir. La culpa no es del alcohol o si no todos los sábados amanecerían rotos los vidrios de los edificios que rodean la cuadra picha.
La culpa es de lo que los antropólogos complacientes llaman las tribus urbanas, de los que creen que por creer son algo y tienen una razón de ser cuando cada una de sus creencias no son más que chorros de babas, ideotas baratas sobre el mundo, el universo, la sociedad y el país.
Creer que porque escucho tal o cual clase de música soy algo es la peor imbecilidad que ha creado esta sociedad de masas posmoderna. Ese nivel de exaltación ha hecho de la música un fetiche, un supermundo consumista, falsamente gótico, que se nutre de la peor basura demoníaca.
Pero lo peor es que todos esos idiotas vivan en este país o en esta ciudad. ¿Cuándo han visto disturbios antes de un concierto de rock en Londres o en Buenos Aires. Nunca. Lo peor de estos idiotas es que son violentos creyéndose rebeldes, contestatarios, undregrounds. Lo peor es que haya intelectuales o científicos sociales que les den nombres, legitimidad y credibilidad y que la administración distrital los valide y la policía los haga héroes.
La música es muy buena, toda, cualquiera, y uno es libre de escuchar lo que quiera, pero la música no es disculpa para acabar con todo o con algo.
