
Erase una vez, no en este país, sino en otro, muy parecido a este, un alcalde llamado Samuel, que eligió de personero a Francisco. Muchos de sus concejales y amigos se lo advirtieron, él tiene rabo de paja, pero Samuel no hizo caso, lo hizo elegir y con ese acto, heroicamente estúpido, dio papaya. Además, la ciudad de Samuel padecía muchos problemas que no acertaba a resolver. Todo se le fue juntando
¿Por quién era gobernado ese país? Por Alvaro, un exitoso finquero que se hizo reelegir violando la constitución, que se la pasaba haciendo política en vez de sacar de la pobreza a sus conciudadanos. Cuando Alvaro era presidente, Samuel era candidato a la alcaldía. Alvaro, que era un poco neurasténico, paranoico, no veía con buenos ojos que uno de sus oponentes llegará a mandar en la ciudad más grande de su finca, perdón, quiero decir de su país. Pero, por más que le dijo de todo, porque así era Alvaro, por más que le dijo guerrillo, terrorista y todo lo que el sabía decir, Samuel ganó y se lo tuvo que tragar. Pero Alvaro no se iba a quedar quieto
Y sus hijos tampoco. Sus hijos eran unos aventajados negociantes, que se hicieron famosos vendiendo a precios exorbitantes las artesanías que les compraban por chichiuas a los campesinos que merodeaban por las fincan cercanas a la de su padre y sus amigos. Esos adolescentes aventajados se la pasaban con un amigote llamado Daniel, uno de esos traviesos niñitos bien de Bogotá, más agalludos que cualquiera y, que a su vez, le manejaba las relaciones públicas a David, un emergente que se hizo rico vendiendo tarjetas prepago y ofreciendo exagerados rendimientos a quienes les servían de multiplicadores de su modelo de negocio, porque los bancos usureros de ese lejano país prestaban caro y pagaban poco;
Todo cambió cuando a David le dio por decir en público que los hijos de Alvaro estuvieron a punto de hacer negocios con él en su canal de televisión. Ese día, el mismísimo Alvaro se emberracó y dijo: yo a ese marica lo hundo Y lo hundió, maricas, lo encarceló, a él y casi toda su familia, le dijo paraco, guerrillo, terrorista, lavador, y de paso se comió la papaya que dio Samuel y Francisco su personero, que resultó muy amigo de David.
Alvaro tenía buenos amigos: todos muy bien colocados como sucede en esas suertudas familias de Medellín que tienen a todos sus cosios en buenos puestos. Alvaro era amigo de Roberto, el del periódico y el city canal y no se que más; de Julito, el de una emisora en la w, de Juanito, un patriarca cartagenero que se daba el gusto de hacer radiosucesos en chanclas mirando el Caribe, a todos ellos los puso Alvaro a destruir a David y a todo aquel que se hubiera cruzado con él, obvio menos a sus hijos, para que de esta forma, en ese lejano país, tan parecido al nuestro, no se volviera a saber de las ejecuciones extrajudiciales, ni de las interceptaciones ilegales de los teléfonos de los magistrados de la corte, ni del 60 por ciento de los congresistas amigos de Alvaro investigados por nexos con los parapoliticos que asesinaron a mas personas que las dictaduras chilena y argentina juntas, según sus propias confesiones, ni del desempleo, ni de la ruina económica, ni de los narcos que hacían pactos con el vocero de Alvaro, a sus espaldas, por supuesto, ni de la falta de carreteras, ni de los desastres invernales que no se previnieron y de muchas cosas más que pasaban en ese país subdesarrallado, donde la economía no crecía y todo se gastaba en combatir a la guerrilla, que supuestamente, Alvaro había arrasado hacía años, marica.
En cualquier otro país decente, no en ese lejano país, un país con buenas carreteras y aeropuertos, un país donde el procurador, el congreso y el fiscal hicieran su labor, Alvaro y Samuel hubieran tenido que renunciar, como pasó con Nixon en los mismísimos Estados Unidos, ante los que Alvaro se arrodillaba con su cara de seminarista de

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